Relajación, qué es y cómo hacerla



           1.- La calma está dentro de nosotros.

A menudo la gente se pregunta qué hacer para superar los estados de tensión y de estrés. Y a veces emprende actividades con el objetivo de encontrar la tranquilidad que nos hurta la ajetreada vida que llevamos. El control sobre nuestra respiración es una de las claves.
Parece que la respiración es algo tan elemental que no es preciso saber nada más sobre ella. Nacemos respirando y morimos respirando, pero casi nunca somos dueños del proceso. Conocerlo y aprender a controlarlo puede ayudarnos mucho en las situaciones complicadas.

2.- Qué es la respiración.

Sabemos que nuestro cuerpo necesita oxígeno para funcionar. De hecho, sin oxígeno no viviríamos más de 15 minutos. Es más, las células de nuestro cerebro apenas resistirían 3 minutos sin sufrir daños irreparables. De ahí por ejemplo el riesgo de tragarse la lengua o el de atragantarse, de los que habrás oído hablar en los medios de comunicación.
Las fases de la respiración son conocidas: a la toma de aire se le llama inspiración, y a la expulsión del mismo se la conoce como espiración (con "s", ya que expiración significa muerte).
Cuando inspiramos, lo hacemos en dos fases. Primero llenamos la zona  baja de los pulmones, inflamos el vientre en lo que se llama respiración abdominal o diafragmática. En una segunda fase, llenamos la zona del pecho; es la respiración torácica.
Cuando expulsamos el aire, sucede al revés: primero vaciamos el tórax y después el abdomen.
Para acordarte puedes imaginar cómo se llena de gente y se vacía una habitación. Los que van entrando tienen que ir al fondo de la estancia, para que no formen un tapón en la puerta e impidan entrar a los que intentan hacerlo. Al salir, habrán de hacerlo por orden: primero los que están junto a la puerta, para evitar formar una aglomeración que impida la salida del resto.
Pero este orden respiratorio es el ideal, el que deberíamos tener siempre, cuando estamos sanos. En realidad, la respiración está tan unida a nuestra vida y a nuestros estados de ánimo que cambia continuamente y a veces es la causante de que nos sintamos mal.

3.- Desequilibrio respiratorio.

Por ejemplo, cuando nos estresamos, cuando sentimos angustia o miedo, tendemos a contener el aire, a retrasar la espiración. Si pasamos mucho tiempo estresados o angustiados, terminamos por expulsar menos aire del que tomamos.
Esto sucede porque no hay unos músculos específicos que nos ayuden a espirar. Espiramos cuando se relajan los músculos inspiradores. Si estamos en tensión, también lo están nuestros músculos inspiradores; y al estar tensos, se relajan menos y expulsamos menos aire.
Sucede entonces que nuestra respiración diafragmática se reduce mucho, o incluso desaparece. Y queda sólo la torácica. En ese caso decimos que existe un desequilibrio respiratorio.
Nos pasa en situaciones de angustia y de tensión, pero también les ocurre a los fumadores, porque ponen más cuidado en inspirar el humo que en expulsarlo. E incluso los deportistas tienen este problema porque, cuando se someten a esfuerzos intensos, tienen tanta necesidad de reponer el oxígeno que incluso lo inspiran con la boca abierta. Si no recuperan al final del trabajo el desequilibrio respiratorio, su respiración diafragmática también se termina viendo afectada.

            4.- Consecuencias del desequilibrio respiratorio.

Aparte del estrés o la angustia psicológicos, sentimos una opresión física, muy parecida a la de llevar puesto un corsé. En realidad, nuestros músculos inspiradores impiden que el diafragma baje, dando cabida a los pulmones en la zona abdominal. Esta opresión física no ayuda desde luego a superar la psicológica, sino que más bien la acentúa.
     Otra consecuencia es que en nuestros pulmones hay una mayor cantidad de la normal de aire ya utilizado, es decir enrarecido, más pobre en oxígeno, lo que nos hace sentir algo más aturdidos que en condiciones normales.

            5.- Alargar la espiración.

Está claro que el modo de desbloquear la respiración es alargar la segunda parte del proceso respiratorio, es decir la espiración. De esta forma, el diafragma, que algunos llaman "el músculo de la felicidad", se relaja. Pero, claro, esto puede resultar más fácil de decir que de hacer, si no conocemos algunas técnicas que nos ayuden.
En realidad es muy sencillo. Basta con:

1.     tumbarse boca arriba,
2.     con las rodillas flexionadas, en un lugar tranquilo y duro (la cama no vale) donde no haga frío.
3.     Que la espalda esté recta y los brazos extendidos a lo largo del cuerpo. En esta postura,
4.     y con los ojos cerrados,

Así nos quedamos observando nuestra propia respiración como si no fuera nuestra, como si escucháramos las olas del mar que llegan a la orilla. Así durante unos minutos. Al cabo de un rato, comprobaremos que simplemente con eso estamos más tranquilos.
Puede ser, sin embargo, que nos cueste concentrarnos en la respiración. Podemos entonces recurrir a imágenes. Pensar que estamos en la playa tumbados, escuchando de verdad el mar. Que somos muñecos de trapo, rellenos de arena, y que cada vez que espiramos se nos escapa parte de la arena por un pequeño agujero que tenemos en la espalda. Ello hace que cada vez sintamos nuestra espalda más acoplada al suelo.

6.- Lo último que abrimos son los ojos.

Por muy corta que haya sido la relajación, del tipo que sea, siempre conviene volver poco a poco a la actividad. Una buena manera es empezar utilizando todos los sentidos que no son el de la vista: ponernos a distinguir los sonidos y los olores, incluso el tacto de nuestro propio cuerpo.
     Empezaremos a mover primero los dedos de las manos y de los pies. Nos estiramos, bostezamos, y por último, al final de todo, abrimos los ojos. Es importante seguir siempre este orden.

7.- El entrenamiento autógeno de Schultz.

En la primera mitad del siglo XX, un médico alemán apellidado Schultz desarrolló un sistema de relajación muy interesante. Se llama sistema autógeno.
     Se inicia buscando una postura cómoda. Puede ser tumbado o sentado, pero es importante que la espalda esté recta y relajada.
     Cerramos los ojos para poder concentrarnos mejor y empezamos a repetirnos mentalmente una frase, cada vez que espiramos. Schultz proponía que nos dijéramos:
     «Estoy completamente tranquilo».
     Hay que repetirla al menos seis veces. Después cambiamos la frase y nos repetimos que «nuestras manos pesan».
     Nuevamente lo repetimos unas seis veces y cambiamos la frase. Ahora son los pies los que pesan.
     «Por fin, todo mi cuerpo pesa».
     Después cambiamos la sensación de peso, por la de calor: siento calor en las manos.
     Tras unas seis repeticiones, «siento calor en los pies».
     Por fin, nos decimos: «siento calor en todo el cuerpo». Y también la repetimos seis veces.

8.- Cuándo relajarnos.

Schultz proponía que realizáramos su entrenamiento dos veces al día. Sin duda, aunque sólo dura unos minutos, son pocas las personas que pueden permitírselo con el ritmo de vida que llevamos. Lo que sí está claro es que se trata de un entrenamiento y de que nos será tanto más útil en situaciones de estrés y de angustia cuanto más lo hayamos entrenado.
     Con sólo practicarlo una vez al día, notaremos su efecto en nuestra manera de ver el mundo, no sólo en los momentos de crisis. Pero con menos de eso, los efectos beneficiosos se reducen mucho.